Releyendo uno de los cuentos que escribí unos años atrás, llamado “Sinceridad”, donde una cruel realidad convive con el delirio, me motiva a escribir unas líneas para compartir con ustedes.
Sabido es que el diálogo siempre se establece entre dos personas. Cuando se suma alguien mas se transforma en charla, pero si se siguen sumando intelocutores es dificil definir en que se convierte y mucho mas predecir cual es el mensaje concreto que alguno deseaba compartir.
Suelo ser mas callado que hablador, porque a veces adhiero a la premisa “Si lo que se dice no mejora el silencio, mejor no hablar”, lo que trae aparejado el comentario de “Este tipo es un aburrido bárbaro”, pero debo reconocer que disfruto el hecho de intentar decodificar esa bola virtual de palabras que se puede generar en el centro de una mesa, si es ella la que separa a los interlocutores.
No quiero que me malinterpreten, sin dudas que uno conoce el mensaje, esa compleja elaboración de ideas que se traduce en una frase que contextualiza el pensamiento, pero cuando uno se desprende de ella, la emite hacia su receptor, la misma es interceptada por un sinnúmero de otras ideas que distorsionan el mensaje original.
Sin ir mas lejos; reunión en la que todos están ávidos de contar sus realidades, sus experiencias, quizás poner en sincronismo los acontecimientos que sucedieron desde un último encuentro. Un mensaje emitido desde un extremo, colisiona con otro desde el lado opuesto, que por una de esas casualidades cósmicas complementa a otro que comenzó con una demora de unos segundos. ¡Totalmente delirante!, es cierto, como esas charlas en la que uno esta inmerso y parece entender a la perfección, pero solo bastaría con apagar la radio propia y tomar la distancia de unos centímetros para comprender que no se entiende nada.
Si te sentís identificado; ¡Bienvenido al Club!. Si crees que estás afuera, que entendes todo lo que se habla en todos los lugares donde participás, te invito a que realices la experiencia.
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